Sonrisa bobalicona de César Blanco Castro


Cerró los ojos. Su cara lucía una sonrisa bobalicona. El corazón la latía a mil por hora. No podía creerlo. Él estaba allí, a su izquierda, a muy pocos pasos. Había estado haciendo giros mientras miraba a través del ventanal y ahora se acercaba a ella. 

Ni se la pasó por la cabeza que la dijese algo, que se arrimase a ella. Era una chica fuerte (gorda no, fuerte. Como su padre.) y no destacaba tampoco por su indumentaria, llevaba una camiseta negra del Madrid y unos pantalones de chándal de igual color.

Con los ojos cerrados sintió como él pasaba a su lado. La sonrisa se acrecentó y las pulsaciones aumentaron.

Abrió los ojos y al comprobar que ahora él estaba en la máquina de dominadas a bastantes metros a su derecha las pulsaciones disminuyeron, pero la sonrisa bobalicona permaneció. 

¡Qué guapo era, y qué serio! Hasta ese día solo le había visto en foto, pero aquella mañana decidió que lo vería en persona. 

Angélica, que así se llamaba ella porque, según la contaron, fue lo primero que dijo su padre al verla dormidita en el hospital nada más nacer, dejó la máquina de abductores y se puso en otra desde la que pudiera estar más cerca de él. 

Ella estaba a punto de cumplir los diecinueve años y trabajaba de vigilante. Él la sacaría en estos momentos siete u ocho años. 

Era tan guapo (sonrió), pero está tan serio (torció el rostro). 

Otro chico se acercó a él, le dijo algo y él rió a carcajadas. ¡Qué risa más contagiosa! Era verdad lo que la habían contado. 

Miró el reloj que había sobre ellos, 16:47 Día 04/05/2013.

La entró sed, mucha sed, y fue al baño a beber agua del grifo. Se miró en el espejo mientras bebía y sonrió al recordar como su madre la decía que tenía la misma manía que su padre, beber así del grifo. Entristeció unos segundos, todo lo que sabía de su padre era de oídas ya que murió antes de que ella cumpliese los cinco años.

Al volver a la sala él ya no estaba. Se desesperó. Subió corriendo las escaleras de madera y respiró aliviada al verle allí. Estaba en una de las máquinas de correr, no parecía que le gustase mucho eso. A ella tampoco. Y aunque tuvo que hacerlo para sacarse la chapa de vigilante, desde que la consiguió procuraba no correr en demasía. Seguía la máxima de su padre: «Correr es de cobardes». 

Ahora iba a correr con él, bueno, junto a él. Porque él ni siquiera lo sabría. Se puso en la máquina contigua. Él la miró y sonrió cortesmente. Ella se puso colorada, miró al frente y cerró los ojos. La sonrisa bobalicona le llegaba de oreja a oreja y el corazón, otra vez, a mil.

Miró de refilón, él tenía la velocidad a nueve, ella la puso igual. Pasados cinco minutos él subió la velocidad a once, ella hizo igual. Un minuto después él bajó la velocidad a cinco. Ella también. Pararon la máquina a la vez. Los dos estaban igual de colorados. Eso de correr no era para ellos. Él dejó la máquina.

Angélica sintió sed, mucha sed. Él estaba parado hablando con un amigo. Ella se colocó frente a él y de manera disimulada sacó una foto con el móvil.

Sed, mucha sed.

Corrió al vestuario. Bebió un buen trago de agua ante la sorprendida mirada de algunas usuarias y se metio al váter.

Sed, mucha sed.

Angélica se desmayó.

Al volver en sí miró a su alrededor. La cabeza iba a explotarla. Sonrió mucho. Sacó el móvil, entró en la galería de fotos y miró y amplió la que se había hecho con él. Se incorporó, apoyó la espalda en la fría pared de color gris y abrió la aplicación Diario. Pegó la foto en una hoja y escribió:

15 de noviembre de 2034

Hoy he estado con papá.

A su alrededor la sala de ANACRONÓPETE S.L. (empresa española que llevaba tiempo investigando los viajes espacio temporales) volvía a recobrar la luminosidad. Parecía incluso más clara que cuando había comenzado el servicio.


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