Cinco en seiscientos (César Blanco Castro)



Cinco relatillos mafiosos en seiscientas palabras. Espero que os gusten.



UNO


No se habían vuelto a reunir desde aquel fatídico seis de agosto. El día más caluroso del verano. El día en que una mala mirada podía hacer que se incendiase el pinar entero. Hoy, 20 de septiembre, la temperatura ha bajado, corre el viento y las malas miradas no prenden fuego, las malas miradas matan. Y eso fue lo que sucedió con Sergio. El Calabrese se volvió para mirarle. Para mirarle mal, y se giró tan rápido y tan sorpresivamente que Sergio dio un paso atrás, no calculó bien el tamaño del bordillo y cayó a la carretera en el mismo momento que pasaba el autobús, la dichosa línea cinco. Ahora nada se podía hacer por él, quizá solo rezar.




DOS


Quizá aquella cena sería la última de su vida. Quién le hubiera dicho que su última cena sería tan lejos de casa. Pero no era un mal lugar. LA COMMISSIONE era un restaurante adecuado para esperar el fin. Fuera, en un todoterreno, esperaban los De Vito; Marco, Tonny y Genaro. Pidió una insalata Caprese, en el menú venía insalati en lugar de insalata. Haciendo un gesto llamó a los del coche. Al menos quedaría bien antes de palmarla. Tonny fue el primero en verle y en entender el gesto. Los tres entraron, cenaron los cuatro y salió solo uno. Esa noche tendrían que limpiar mucha sangre en el local. Pero es a lo que te arriesgas al montar un italiano.




TRES


Insertar salto de página. Tras seleccionar esa opción se quedó inmóvil. No porque no supiera qué decir sino porque sabía exactamente cuál sería el resultado. Muy pocos se han chivado de la mafia y han vivido para contarlo, lo había visto en bastantes películas. Pero algo en su interior la empujaba a hacerlo. Ella no podía retener por más tiempo en su interior eso que sabía, eso que haría tanto daño a los Verde Pendio. Susan aporreó el teclado con fuerza y comenzó a relatar cómo vio a Angelo, el mayor de los hijos de Angelo Verde Pendio, abrir la hucha de los necesitados y coger los veintitrés céntimos que le faltaban para pagar la hamburguesa. Ahora ella conseguiría justicia.




CUATRO


En las cinco televisiones que había en el local se podía ver el vídeo en el que Inna cantaba Un momento pero ni esa belleza podía distraer la mirada de Bettino. Sus ojos estaban viendo algo por lo que muchos pagarían. Frente a él había un zombi, un muerto viviente.

─No soy un zombi ─exclamó la persona que estaba frente a él respondiendo sorpresivamente a lo que pensaba─. Olvida esas películas y préstame atención. Me mataron. No quiero venganza, solo que me encontréis y me enterréis. ¿Entendiste? ─la pregunta la formuló en voz muy alta, como solía cuando estaba vivo. Después desapareció.

Una cosa era que Bettino lo entendiese, otra que dejase con vida a quienes mataron a su hermano mayor.




CINCO


─¡Qué no y punto! ─dijo Sussana con bastante firmeza.

Marco sonrió. Llevaban tres días en España. El primero escucharon a una pareja discutir y ella espetó esa frase. Aunque Marco y Sussana habían aprendido español no conocían esa expresión que gustó a Sussana y desde aquel día la soltaba cada poco. Decía el “…y punto” mejor que cualquier español.

Estaban de intercambio en España, en Valladolid, y procuraban hablar en español siempre.

En Nueva York sus familias se odiaban. Qué típico. Dos familias italianas, mafiosas, que se odian. Pero ellos… ellos se querían.

─¡Pues entonces me voy! ─exclamó Sussana.

─No. Tú te quedas ─sonrió él, sonrieron ambos─… Y punto –dijeron a la vez.

Se besaron, entraron en el restaurante.


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