Pie de Corza (1)

Imagen sacada de aquí.


La siguiente leyenda la extrajo Ernesto Pérez Zúñiga del artículo Mis mujeres escrito por José Zorrilla en La ilustración ibérica, en 1885. 

«Y érase que se era un gran señor de Vizcaya,
tan rico que no sabía lo que tenía; tan valiente que era el terror de los moros; tan justo y equitativo, que era adorado de sus vasallos, y tan sabio, que asistía a los Consejos de los reyes de Navarra, de Aragón y de Castilla, a quienes ayudaba con su mesnada de vizcaínos, alaveses y riojanos, descrismándose a trompazos para probar sus razones y establecer sus derechos.

   Pasábase aquel señor las semanas y los meses de corte en corte, de torneo en torneo y de batalla en batalla; y volvía una vez todos los años a sus dominios con su mesnada, cargados él y los que aquélla componían de botín, y contando hazañas de su señor y maravillas de las tierras en dónde habían guerreado. En los tres o cuatro meses que aquel señor pasaba visitando las tierras de sus regios dominios, proveía a las necesidades de sus pueblos, administraba justicia a sus vasallos, y derramaba sobre ellos, con el oro de sus larguezas, los beneficios del orden, el trabajo y la paz; porque jamás dejaba que los desastres de la guerra, a las cuales asistía con los reyes, cruzasen las fronteras de sus patrimoniales terrenos. Cuando a ellos volvía con sus soldados, era para que estos descansaran en sus casas, repartieran con sus familias la presa traída de fuera, ayudaran a sus padres y a sus hermanos en las faenas del cultivo por el día, y bailaran y cantaran y se regocijaran con toda su alma por la noche, en torno de las hogueras y fogatas, utilísimas en el áspero clima en que habitaban. Él, después de poner ley y concierto entre sus súbditos, salía con sus pajes y palafreneros, precedido de grandes traíllas de perros, cuyas castas cuidaban muy científicamente de librar de mestizos, a pasar semanas enteras en fatigosas cacerías, para extinguir los jabalíes, los lobos y las muchas perjudiciales alimañas que en sus frondosos valles y en sus intrincados montes se multiplicaban; así que él tenía las puertas y corredores de sus viviendas, y las paredes de sus comedores, decoradas con colosales cornamentas de viejos venados, de colmilludos jabalíes y de cerdosos lobos; y sus colonos tenían al humo de sus chimeneas los perniles y los solomos de las asesinadas fieras: que él generalmente repartía con ellos.

   Y este buen señor de Vizcaya, que se llamaba don Lope Díaz, poseyendo a la entrada de su señorío, por la parte de La Rioja y al amparo de un peñón gigantesco partido a tajo, una heredada aldehuela, imaginó cerrar aquella embocadura fortificando el peñón, y hacer, en suma, del lugarejo de adobes, una ciudadela avanzada, llave y barrera seguras de su patrimonial y libre territorio.

   Y llegó la época del año en que solía partir, con o sin mesnada, según eran los tiempos de paz o de guerra; y vieron con asombro sus vasallos que en vez de pedir sus encubertados palafrenes y requerirles sus acémilas para sus bagajes, comenzó a pedirles tierras labradas para la cima del peñón, y buenas maderas, y bien cocidos ladrillos, para hacerles nuevas casuchas del lugarejo.


Con lo cual, puesta al amparo
de un gran castillo, la aldea
de adobes, sórdida y fea,
transformó en la villa de Haro:

y lo que fue una atalaya
no más, puesta entre maleza, 
vino feudal fortaleza
a admirar de toda Vizcaya.

Por feudo tal, sin reparo,
la empezó el pueblo a llamar,
y se empezó él a firmar
don Diego López de Haro.


   Iba el ilustre y opulento don Diego a cumplir los treinta años, y su inteligencia se había esclarecido en el estudio de los negocios arduos de la política; su ilustración había sobrepujado con mucho a la de los nobles de su centuria; su experiencia le había atraído la consideración y las consultas de varios monarcas y potentados, y el continuo ejercicio de la guerra y la caza, y lo morigerado de sus costumbres, habían robustecido su cuerpo y conservado su salud, haciendo de él uno de los hombres más apuestos y bizarros de aquel país, notable hasta hoy por sus hombres vigorosos y corpulentos y su incomparable mujerío; a pesar de todo lo cual, el corazón de don Diego no había latido todavía al impulso de una pasión, y las damas de las cortes que había frecuentado habían tenido razón en dudar si albergaba uno en su pecho. Él, a su vez, sin cuidarse tampoco de si lo tenía, muy pagado de su castillo y de su nueva villa, hacía ya año y medio que en Haro vivía, dado sin cesar a la caza y a la administración de sus rentas, ocupado sólo en hacer prosperar sus pueblos, en una paz no turbada aún por ninguna de las cien guerras que devastaban los vecinos reinos. Pero llegó un momento en que comenzaron a enojarle los pleitos y las rencillas de los lugareños, y a cansarle sobre todo aquella soledad nocturna del castillo, donde solo le acompañaban sus admiradores los sábados y los curas los domingos.

   Entró don Diego en uno de esos períodos de crisis de la vida en que el hombre más opulento, más respetado y más mimado por la fortuna empieza a andar distraído, sin que nada le contente ni satisfaga, y a cansarse de todo, y a no encontrarse en ninguna parte, y a no saber qué tiene ni qué le falta, no faltándole nada y no teniendo nada ni nadie que su voluntad coarte ni a sus antojos se oponga. Esta crisis la pasan todos alguna vez, y en ella, al mirar al cielo, se ve la esperanza tan lejana, que casi no se espera en ella, y al mirar a la tierra no parece más que un desierto, y al fin, el hombre más feliz, más rico, más inteligente, comprende que está solo, y que para estar solo de nada le sirve la riqueza ni el saber.

   Éste concluyó una noche al acostarse por encontrar frío su lecho, grande su alcoba, turbia su lamparilla y

presa de incógnito afán,
llegó al fin a comprender,
que es la casa sin mujer
como la mesa sin pan.

   Pero don Diego, que ya sabemos que era un hombre formal, lógico  y reflexivo, comprendió a la par que, puesto que ni en las Cortes ni en el balumbo social en que transcurrió su vida pasada había encontrado una mujer que hubiera sabido hallar y hacer latir su corazón, no era en las Cortes ni en el mundano balumbo donde debía volver a buscar lo que sentía que necesitaba; y soberanamente aburrido de la fiera soledad de su fortaleza, un buen día al amanecer bajó a su caballeriza, ensilló por sí mismo un tordo rodado cuyo vigor estaba ganoso de probar, y dejando estupefactos a sus pajes, palafreneros y servidores, se salió al campo sin decir ni adónde iba, ni cuándo volvería; y es que no podía él tampoco decir lo que él como los demás ignoraba. Iba en busca de aire, de gente y de tierra nueva; iba, como un verdadero caballero errante, en busca de una aventura que deseaba que le sucediera, pero que no sabía cómo prepararse ni procurarse.

   Y echó por aquellos campos de Dios: y saltó arroyos, y traspuso colinas, y atravesó bosques y pueblos, y anduvo, anduvo, pernoctando en los lugares donde la noche le cogía, sin hablar palabra con sus colonos y vasallos, quienes, por más que le conociesen, le desconocían; y a la aventura y a la voluntad de su tordo rodado, llegó casi a una frontera de sus dominios al anochecer de un día nublado, y al centro de un desmonte en el cual parándose, y lanzado un relincho su asenderado caballo, le hizo salir de su ensimismamiento y mirar con asombro a su alrededor.

   Estaba al fin de una peñascosa montaña cuajada de encinas y robles, y en medio de un círculo que el hacha había despojado de troncos; tenía tras de sí un barranco con pretensiones de río, que acababa de pasar, sin apercibirle, por un puente de madera; a su derecha una arboleda, a su frente el peñasco y a su izquierda la loma empinada de la montaña, en cuya accidentada y carrascosa pendiente se abrían cuatro antros o cavernas, en el fondo de las cuales ardía un vivísimo fuego, sobre cuyo resplandor se destacaban las movibles siluetas de muchos hombres medio desnudos y que por cuatro agujeros, que sin duda servían a las cavernas de chimenea y por sus cuatro abiertas bocas, despedían cuatro penachos de flotante humo y un ruido infernal de voces y de martillo. 

   De trecho en trecho, siete u ocho montones grandes de tierra humeaban también por muchos agujeros en que ellos se abrían, cuya resinosa humareda sacaba lágrimas a los ojos y excitaba la tos en la garganta.

   Ni para don Diego, ni para los que este relato leyeren, fue ni ha de ser un arco de iglesia adivinar lo que aquello era: una explotación de carbón y hierro; pero lo que al señor de Haro asombraba era la osadía de los que habían en sus terrenos y sin conocimiento suyo, establecido aquella doble explotación. Recogió, pues, las riendas de su tordo, y aplicándole a los ijares los acicates, enderezó hacia donde los hornos lucían y el martilleo sonaba: y mientras con el entrecejo fruncido y mordiéndose los bigotes, iba murmurando contra aquellos intrusos un ¡quos ego! tan amenazador como el de la Eneida, tropezó con una barrera de palo, a cuyo estorbo echó mano sin apearse, para quitárselo de delante a la cabalgadura y hacerla entrar en el acotado cerco de la herrería; pero no bien había puesto mano en el tosco travesaño que barreaba el paso, un hombre que surgió de repente de entre las malezas y entre las sombras del crepúsculo, que ya comenzaba a entenebrar la noche, le preguntó con áspera voz y tono decompasado:
   ¿Quiénes sois y qué queréis?
   Decid antes quiénes sois vosotros a don Diego López de Haro repuso el caballero con tono de irresistible autoridad. A cuya orden repuso tranquilo el surgido de las malezas:

   Aunque no somos vuestros vasallos, somos vuestros servidores y apartándole de delante la barrera, añadió : Entrad, señor don Lope Díaz, que aquí estáis en vuestra casa.

  Apeóse don Diego, y continuó de esta manera el tan mal entablado diálogo:

   ¿Quién es aquí el jefe?
   Yo respondió el incógnito.
   Pues dad la orden de que me cuiden ese noble animal, si hay quien sepa.
   Aquí se sabe de todo, señor don Diego, y en sitio a propósito hay aquí animales tan nobles como el que montáis; pero entrad y no os quedéis al relente, que aunque yo no os conozco personalmente, fui muy amigo de vuestro abuelo y debí a vuestro padre más de un buen servicio.
   Huélgome mucho de ellos, y holgárame más de saber quién sois.
   Pues yo soy, señor don Diego, ni más ni menos que Pan de Oro, señor feudal de San Juan de Pie de Puerto, de quien no puede menos que hayáis oído hablar alguna vez en vuestra casa.
   Y más de una, a fe mía, señor Pan de Oro; extráñame, empero, topar aquí con vos en persona.


Continúa       

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