La hormiguita de César Blanco Castro



Aquella tarde, cuando Juan volvía a casa de trabajar, miró al suelo y vio una hormiguita caminando despreocupada.

Se mezclaron en él varios sentimientos, por un lado los recuerdos de cuando era un niño y jugaba a pisarlas o a mear en los hormigueros y por otro el mal día que había tenido. Quizá pisándola se le pasase un poco el agotamiento, tanto físico como moral, que tenía encima. Así que levantó el pie.

Aunque tampoco era plan. ¿Qué le había hecho esa hormiguita? Caminaba por la acera de su bloque, perdida, ya que el parque estaba unos metros a su izquierda. Quizá se encontraba igual de angustiada que él por el mal día laboral que estaba teniendo y además por la situación en la que se encontraba, perdida

Le vino a la cabeza una secuencia de los hombres de negro cuando Will Smith está a punto de pisar un bicho y no lo hace y el bicho le dice «Asaz amable». Posó el pie en la acera y con suaves toquecitos acercó un cacho de hoja hacia el insecto y se la imaginó diciéndole «asaz amable».

Abrió la puerta del portal y desapareció dentro.

Esa hormiguita era la encarnación de satán. Aquella misma tarde tomó conciencia de quien era.  

Tres días después el mundo se encontraba cubierto de tinieblas. Profundas grietas lo recorrían, grietas que llegaban hasta el mismo infierno. El terror, la violencia, la ira se había adueñado de todo y de todos. 

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