Sobre el Cid

Estatua del Cid Campeador en Buenos Aires.

Fue casualidad que el mismo día que leí este artículo en el libro que estaba leyendo apareciese el discurso que se leyó en la inauguración de la estatua de la ciudad de Buenos Aires, 13 de octubre de 1935. El discurso fue obra de Ricardo Levene.


EL CID CAMPEADOR, ARQUETIPO DE LOS HÉROES HISPANOAMERICANOS.

   El Cid Campeador es símbolo representativo de la psicología de un pueblo y de valores superiores del espíritu humano. 
   Su historia se identifica con la leyenda, porque su vida fue sobrehumana.
   Cronistas cristianos y cronistas musulmanes lo han juzgado desde puntos de vista antagónicos, los unos como encarnación de la altiva independencia íbera y del heroísmo de su raza y los segundos, como el aventurero que levantaba las gentes entre la hez de los moros preocupado únicamente del mando y del botín. Aun entre estos últimos, que son sus declarados enemigos, le recuerdan por su enorme poder, «que hacía sentir sobre los valles más hondos y sobre las cumbres más erguidas», llamándole azote de su tiempo, y le aceptan como a milagro de la naturaleza por su valor temerario y su pasión por la gloria.
   La hazaña sin igual ha hecho vacilar la historiografía cidiana, conmoviéndola entre su divinación patriótica y la negación insensata de sus virtudes.
   No existe oposición, sin embargo, entre el Cid poético y el Cid histórico, y hermanas son, en este caso, la tradición literaria y la verdad documentada, una e indivisible la vida literaria y la verdad documentada, una e indivisible la vida del Cid, con más variadas peripecias y más dramatismo en la Historia que en la leyenda.
   Para desentrañar el profundo sentido de este hecho, es preciso tener en cuenta, además del hombre sobrehumano, la época extraordinaria, hirviente y de convulsión política, al alumbrar para la Historia, el gran acontecimiento: la estructuración de un nuevo Estado.
   Era la Castilla del siglo XI, con su vocación universalista, comenzando por imponerse hegemónicamente sobre León, obra del brazo y el sentimiento exaltado del Cid, y en esta primera etapa de su advenimiento estallaban encendidas, con la fuerza y la brutalidad implacables, las virtudes auténticas, con el odio incoercible, el amor generoso, y el héroe de la epopeya santa, no lograría serlo sino reuniéndolo todo a la vez, compendio de grandeza y miseria de los hombres, para forjar del caos el espíritu de la raza.
   El Cid no es como otros héroes de épocas primitivas, Aquiles, Sigfrido y Roldán, de las epopeyas griegas, germánica y francesa, respectivamente, porque tales vidas consagradas han permanecido impolutas en el plano ideal del arte. Dice el sabio español Ramón Menéndez Pidal en La España del Cid, obra que es monumento más duradero que el bronce, erigida a su memoria porque está hecha de verdad y severa justicia, que desde su mundo superior, el Cid desciende «para entrar con paso firme en el campo de la Historia y afrontar serenamente este riesgo mayor que todos los peligros de la vida».
   El Cid al frente de las huestes o legiones de sus fieles vasallos, caudillo que siente la vida como misión o deber, guerreando indomable por la patria, la justicia y la fe, esa es su imagen.
   Exponente representativo de un pueblo naciente, encarna el heroísmo invencible, pero el heroísmo violento es intermitente y tiene fin porque es un instante o la sucesión de los instantes solemnes, lanzándose al sacrificio  para imponer una causa ─«un Rodrigo perdió esta Península y otro Rodrigo la salvará», como lo prometió─ pero es que el Cid anticipa, además, el otro heroísmo, que también nace con él  perfilando el carácter hispánico: el sentimiento caballeresco.
   De la profunda comunión del héroe y su momento histórico nació en el alma del pueblo la floración de su lengua, su arte, su derecho y su moral.
   El pueblo del Cid, como entidad poética fue el creador del idioma y lo fue también de su cancionero y refranero espontáneo y de su poesía épica, cantares de gesta y romance, que proyectaron  la policromía de las creencias colectivas.
   El pueblo del Cid, como entidad jurídica fue el creador del nuevo derecho político, estampado en las Cartas pueblas de este siglo XI, con el reconocimiento del poder municipal y una teoría de la monarquía y la realeza que están visibles en las acciones rebeldes del héroe, como afirmación de la libertad y se exponen doctrinariamente en el anti cesarismo de las Partidas.
   El pueblo del Cid, como entidad ética fue el creador de una actitud sobre la fidelidad, la defensa del desvalido, la dignidad del caballero y el honor del hombre, no sólo el honor exterior, diré así, que nace obligatoriamente en las relaciones con los demás, sino del honor íntimo o profundo que tiene el juez supremo a la conciencia individual. (Aspecto este último aludido por el historiador Rafael Altamira en el esquema de su curso sobre Historia del pensamiento español.)
   Del Cid en adelante, los héroes españoles e hispanoamericanos, son de su noble linaje.
   Es que en América transvasó la desbordante vitalidad de la Edad Media española, corriéndose impetuosamente por el tronco y las ramas la savia de la raíz histórica. «¿Cómo no advertir en el descubrimiento del Nuevo Mundo la última edad heroica del mundo occidental, el último período de la Edad Media épica?», como dice el investigador medievalista Claudio Sánchez Albornoz.
   La conquista de América fue popular como lo había sido la reconquista hispánica.
   La individualidad ejemplar de la nueva epopeya es como la del Cid, la que al frente de sus mesnadas o huestes sigue sus rutas ideales y avanza con la ley, la espada y la cruz, por mares y tierras desconocidos, fundando la civilización en México, Colombia, Perú, Chile y Río de la Plata, recortando en el espacio geográfico la inmensidad de un imperio universal.
   La revolución de Hispanoamérica de 1810, como la conquista de América y la reconquista peninsular, consumada tres siglos antes, señala la última etapa de un proceso de elaboración de las nacionalidades autónomas en el Nuevo Mundo como antes se habían estructurado los Estados en el antiguo continente; y también en la revolución de la independencia, sus héroes representativos encarnan las virtudes que constituyen el legado de los siglos.
   La Hispanidad no es forma que cambia ni materia que muere, sino espíritu que renace y es valor de eternidad: mundo moral que aumenta de volumen y se extiende con las edades, sector del Universo en que sus hombres se sienten unidos por los lazos del idioma y de la Historia, que es el pasado, y aspiran a ser solidarios en los ideales comunes a realizar, que es el porvenir.
   En la Buenos Aires fundada osadamente hace cuatro siglos por campesinos, obreros, sacerdotes y soldados de su estirpe, jirones de clases sociales, muchedumbre sedienta de hazaña y bienestar, con más Quijotes que Sanchos, la estatua del Cid Campeador, es un piafante corcel, el gesto enérgico alzando en alto la banderola en muestra de victoria, se erige como símbolo de comunión indestructible de España y América.
   La ciudad «tan pobre como remota» de los orígenes, según el lamentar de los primeros documentos, convertida hoy en hermana fuerte y opulenta entre las hermanas de Hispanoamérica con su enorme población cosmopolita que habla el idioma del Cid, reconoce en el héroe ancestral el arquetipo de los suyos y la prosapia por donde entroncamos con los comienzos de la civilización histórica y lo ostenta para reverencia del pueblo y continuidad ascendente de las generaciones.