La muerte de un unicornio es una película Hungaro-useña de suspense escrita y dirigida por Alex Scharfman.
Ha costado 15 millones de dólares y ha recaudado a nivel mundial 16´5, así que lo ha recuperado por los pelos.
El director dice que se pasó mucho tiempo investigando sobre la mitología de los unicornios, y tuvo en cuenta unos tapices que hay en Museo de arte metropolitano de Nueva York.
Enviaron el guion a Jenna Ortega, y aceptó, antes de que la serie Miércoles se convirtiese en un éxito.
El director ha tenido mucho en cuenta la película Alien, el octavo pasajero, durante el desarrollo escucharemos sonidos que salen en esa película e incluso calcará en escenas alguna de la peli de Ridley Scott.
Se ha rodado en Hungría y, caray, que paisajes más bonitos.
Comienza la historia presentándonos a Elliot (Paul Rudd) y su hija Ridley (Jenna Ortega), van a la residencia de los jefes del padre que está en el quinto pino. Por el camino atropellan a la cría de un unicornio. Ridley toca el cuerno y siente algo. El padre intenta rematar al animal, pero le sale mal y como van con prisas le meten en el coche y llegan a la mansión.
Allí son recibidos por la familia del jefe: Belinda (Téa Leoni) la esposa, Shepard (Will Poulter) el mimado hijo y al final ven a Odell (Richard E. Grant) un hombre que está a punto de morir de cáncer. En cierto momento el unicornín empieza a moverse en el coche y todos salen a ver qué pasa. Una de las guardaespaldas le pega un tiro y queda muerto en el suelo.
Padre e hija dicen que tras ser tocados por la sangre del animal se han curado de algo que tenían y Odell lo prueba en sí mismo y... ¡Se cura! Así que decide hacer con el unicornio medicamentos para hacerse más y más rico, los capitalistas son malos porque sí. Con lo que no contaban es con que el animal antes de morir había mandado un mensaje de ayuda a sus padres y estos llegan con muy mala leche y comienzan a matar gente.
Para los unicornios se ha usado tanto animatrónicos como ordenador.
Los actores lo hacen bien.
El doblaje es muy bueno.
En un principio había pedido a John Carpenter que le hiciese la banda sonora, pero a medida que rodaba sentía que la música tenía que ir por otro camino y contrató a otras personas, a Carpenter no le sentó mal. Los encargados al final fueron Giosuè Greco y Dan Romer que han hecho un muy buen trabajo.
Si queréis pasar un rato entretenido viendo una película un pelín ochenteña esta es una muy buena opción.





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